El cartógrafo andaluz
Para esta práctica he escogido como objetos:
-El barco a escala sobre el escritorio.
-El reloj dorado.
-El retrato enmarcado.
-El violín apoyado contra la pared.
-El té humeante y el sándwich.
-El gato junto al escritorio.
-El abrigo colgado en el perchero.
-Los guantes sobre la mesa.
El retrato de Daniel, sobre la mesa, es lo primero que mira cada mañana.
José es un hombre demasiado inteligente, refinado para todo y muy metódico. Se aferra al reloj dorado como símbolo del tiempo perdido y del que ya no recuperará. El violín, que aprendió a tocar de su amigo, es su único consuelo, con él logra silenciar los remordimientos.
Aun así, cada gesto revela su intento de mantener las apariencias; se viste con su abrigo de lana y se pone los guantes antes de salir aunque no tenga destino. Bebe té a las cinco en punto, con un sándwich frío que nunca termina. Solo su gato, llamado “Cádiz”, rompe su rutina con maullidos que lo obligan a recordar que aún hay vida en esa casa.
Su motivación principal es encontrar su propia liberación, y demostrar, aunque sea a sí mismo, que no abandonó a su amigo. Por eso él sigue trazando líneas sobre aquel mapa, convencido de que hay algo que se le escapa.
José vive en su despacho, obsesionado con su mapa y consumido por el pasado. La culpa lo mantiene despierto y el sonido del violín se convierte en su refugio emocional.
Un día, recibe una carta firmada con las iniciales “D.M.”. Al principio cree que es una mala broma, pero el mensaje incluye coordenadas que solo Daniel conocía. José retoma su espíritu aventurero, ese que estaba latente y que nunca había desaparecido: desempolva su abrigo, limpia sus guantes y se prepara para una nueva expedición, guiado por el mapa que una vez fue su condena.
En su viaje, comprende que no está buscando ni tanto a su amigo ni como a sí mismo. El mapa, esa obsesión, era una metáfora del perdón que nunca se concedió.
De vuelta a Jaén, José cuelga su abrigo, sirve té como de costumbre pero esta vez para dos personas y coloca el violín junto al retrato. El barco a escala vuelve al centro de la mesa, pero esta vez sin el peso de la culpa. Ha comprendido que su verdadera exploración era interior.

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